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miércoles, 26 de noviembre de 2008

Reencuentros

















2DO. REENCUENTRO SABADO 16/10/04 19HS. CLUB DAOM

Quien lo hubiese dicho, allí estábamos juntos 22 años después.

Esta reunión si bien fue segunda, creo que fue una de las más importantes, ya que al ser más numerosa, abrió un abanico más amplio de emociones y recuerdos.

En ese momento me di cuenta, que el esfuerzo había valido la pena.

Atrás quedó esa primera reunión también importante porque fue el puntapié inicial, muchas horas dedicadas a la búsqueda de personas que no veía desde hacía más de 2 décadas, que nunca me las había cruzado nuevamente, ni sabía donde vivían o trabajaban.

No me pregunten como logre, como un viejo pescador, juntarlos.

A la única que veía esporádicamente era a Mariela, ella a su vez tenía contacto con Juanca.
Con solo eso, casi nada, comencé la tarea de encontrar al resto.

Con paciencia y perseverancia, inicié mi búsqueda, primero a Andrea, ya que recordé que trabajaba en Johnson, ya que en mi época de cobrador de Carrier, varios años antes, solía ir a las oficinas que tenía esa empresa donde ella trabajaba en Sarmiento 1111 a cobrar, simplemente escribí ese nombre en un buscador, llamé allí y pregunté por Andrea Moreno.

Con muy buena onda se prestó a mi idea. Ya éramos cuatro, aunque estaba lejos aún, me dio ánimo para continuar.

Seguidamente en el buscador, coloque el apellido Saubermann y como por arte de magia apareció Betina, con su teléfono y dirección, también la llame y le gusto la idea de reunirnos, iban seis, ya que Betina esta "casada" desde 4to. año con Carlitos Gomez.

Después puse Crespo, Mordas, Vega, González (no se porque pero en la página 6 me dí por vencido), Nicolás y Sidotti, sin resultados.

Pero cuando puse Matles recordando que vivía en Yatay y Rivadavia, lo encontré, llamé, me atendió la madre y me dio, no de muy buen agrado, el teléfono de la empresa de transportes donde trabajaba.

Este muchacho, que no había escuchado mi voz en 20 años, de inmediato me reconoció y se prestó también con muy buena onda a mi requisitoria.

Arreglamos encontramos en la puerta del cole, faltó Juan no recuerdo porque, era fines del 2002.

Fué muy lindo el momento del reencuentro, la emoción de ver a Betina, Carlos, Gustavo y Andrea luego de tantos años, para mí estaban igual, y los hubiese reconocido donde fuese.

Luego de unos abrazos y risas, nos fuimos al depto. de Mariela, Gustavo vino con la señora y su hijo de dos o tres años.

La verdad, que fue uno de los momentos más extraños de mi vida, ya que pasada la euforia inicial, cuando nos acomodamos en ese pequeño departamento, sentí deseos de huir, empecé a transpirar y me preguntaba, ¿que hacía allí? creo que fue muy duro asimilar que habían pasado tantos años, en un momento me arrepentí de todo el esfuerzo que había hecho.

Luego, pasado el sacudón, empecé a disfrutar y me limité a observarlos y escuchar sus relatos, estaba feliz y esa intuición que me llevo a tratar de reunirlos, me dio la razón, ya que encontré lo que buscaba, aire fresco y recuerdos gratos, esos que ayudan a aliviar el alma.

Fue así que, ni bien terminó esta emotiva y enriquecedora velada, en mi cabeza empecé a programar el segundo reencuentro, quería más de ese aire fresco.

Los Gomez, se encargaron de pasarme el teléfonos de los Mordas (ya que son compadres o algo así) y estos a su vez me dieron el teléfono de Carlitos Crespo.

Ya el círculo se iba agrandando, como el que forma una piedra en el agua cuando cae.

Crespo vivía en Mardel, pero de todas formas se unió a mí en la tarea de programar otro encuentro.

Él con la ayuda de su madre, ubicó a Marcelo González y reservo el club donde se produjo el reencuentro 2.

Así llegamos al 2do. reencuentro, a un año y medio del primero, un éxito rotundo, todos los comprometidos asistieron puntuales y con la mejor onda.

Sentí un orgullo y satisfacción inmensos, este grupo especial, se había vuelto a juntar casi en su totalidad.
A veces me arrepiento de ser el que promotor principal de estos “reencuentros”, ya que mi ansiedad muchas veces me juega una mala pasada, no respeto el tiempo de los demás y siento que resulto cargoso a veces.
Por otra parte, tengo el presentimiento que si no fuese tan insistidor, las reuniones terminarían para siempre, allí está mi estímulo para empujar cada tanto a mis amigos.
Muchas veces pienso también, que ellos esperan mi llamado, y que es mi deber hacerlo, como dije en otra historia, fui el canciller de los “franceses”, no seré el más inteligente, afable, simpático o cómico del grupo, pero creo que cumplo mi misión a la perfección.
Con esto, y ahora me dirijo directamente a uds., les pido que no olviden lo bien que lo pasamos cuando estamos juntos y que este grupo les robe un rato de sus vidas, quizás sea de lo mejor que les pase en el año, ¿porque perdérselo?













martes, 25 de noviembre de 2008

Viaje a Bariloche













1982, viaje de egresados de 5to. 2da. del Comercial 23.
Eramos 14, ya que nuestra división se repartía en idiomas Inglés y Francés.
Nosotros los franceses, a base de mucho esfuerzo, sobre todo de nuestros padres, cumplimos nuestro sueño de conocer ese lugar.
Salimos en agosto, el día exacto se lo acuerda Stella, pero creo que fue el 13.
Recuerdo la espera en la puerta del colegio, y la llegada de ese micro "doble camello", cuanta ansiedad, nervios y alegría mezclada.
Los "franceses" éramos: Stella, Silvina, Betina y Mariela por el lado femenino. Y Adrián, Juan, David, Daniel, Gustavo, los Marcelos Gonzalez y Nicolás, los Carlos Gomez y Crespo y yo.
La nro. 15 " la niña bonita" era Andrea Moreno, que por problemas familiares no pudo hacer el viaje.
Tampoco pudieron ir, Tomás Contreras y Fabián Teniente
Siempre fuimos muy unidos, quizás por ser "minoría", en todos los años de la secundaria.
Los "franceses" generalmente discriminados, y poco considerados por el resto, aprendimos a formar un bloque y cual scrum de rugby empujar todos juntos.
Esto generó una relación fraterna, cual hermandad entre nosotros, al ser pocos y mantenernos unidos, tanto dentro como fuera del colegio, no había secretos, enconos y menos envidias en el grupo.
Cuantas salidas juntos, rateadas para jugar al bowling en "Don Rodrigo", salidas los sábados, ir a ver a Les Luthiers o un recital en vivo por primera vez, o simplemente juntarnos a comer en casa de alguno de nosotros.
También recuerdo, ese fin de semana en el camping de los metalúrgicos, en Pontevedra, incluida la lluvia torrencial en medio de la noche, todos huyendo de las carpas que se deshacían en medio del terrible viento y agua, y un amanecer acurrucados, con la ropa aún húmeda.
Los días de la primavera, en Palermo, la ciudad deportiva de Ferro o Ezeiza.
Compartimos muchos momentos gratos, siempre unidos tras el paso de los años.
Por eso pienso que esta no es una historia más de "egresados", al día de hoy sostengo que hay un hilo conductor que sigue conectándonos, y lo seguirá habiendo por siempre.
En todo grupo, cada integrante tiene una función a cumplir.
Unos son los líderes, otros los que acompañan las decisiones y los aparentemente indiferentes o de perfil bajo.
Mi lugar en el grupo fue otro, netamente diplomático.
El canciller de los "franceses", la persona que trataba de cambiar esa tendencia al separatismo por parte del grupo y de romper las barreras impuestas por los "ingleses".
Por todos los medios intentaba fomentar la unión de estos grupos, me hice amigo de muchos "ingleses" quise con eso crear, por contagio, que los demás se relacionen, pero de todas maneras, mis esfuerzos fueron en vano.
Así eran las cosas, ¿quien era yo para cambiar algo que estaba instalado?, incluso antes de nosotros entrar al colegio.
Recordemos, que veníamos de lidiar una pelea desigual desde 1er. año, siempre éramos superados 2 a 1.
Continúo con el viaje.
Salimos del colegio, rumbo a Témperley allí completarían el micro los alumnos del Tomás Espora,
un colegio ubicado a metros de la cancha del "Celeste Gasolero".
El viaje fue interminable, ya que el micro era viejo y no estaba en buenas condiciones.
Al día siguiente de partir, llegamos a la represa del Chocón, allí almorzamos y recorrimos las instalaciones de ese barrio, muy moderno para la época.
Seguimos viaje, y pocos kilómetros antes de llegar el micro se rompió y debimos aguardar allí en medio de la ruta por el auxilio, en ese lugar hay una foto antológica sacada por Mariela donde estamos abrazados, Carlitos, Juan, Adrián y yo.
Repararon el micro y luego de unos kilómetros, al final de una curva, apareció allí en un valle soñado la bellísima ciudad de Bariloche y su lago.
Que lugar!! una maravilla hecha por Dios, todas las fotos que había visto por viajes de mis familiares, no se comparaban con tener ese paisaje imponente en vivo y directo.
El lago, las montañas, cascadas, bosques y la tan anhelada nieve.
No vimos nevar, pero cuando fuimos al cerro Catedral, vimos y tocamos la nieve por primera vez.
Al estar en la cima de aquel cerro, uno pensaba como podría hacer, sin tener una filmadora, para retener en su mente tanta imponencia y belleza juntas, solo atiné a girar en círculo y guardar en mi memoria esas imágenes para siempre.
Sin embargo en pasajes de este viaje, no la pase del todo bien, estaba empecinado, aunque más no sea que una de las chicas, siquiera se diese por enterada que yo estaba allí con ella, pero era inútil, todos mis esfuerzos resultaban en vano.
La situación me frustró en varios momentos, salí adelante, ya que era imposible bajonearse en ese lugar soñado y en compañía de mis amigos.
De todas formas pienso, pasados los años, que lo hubiese vivido muchísimo mejor sin esa obsesión por lo imposible.
Esta chica, no me registraba, no por agrandada, ni siquiera por feo, era solo que ella tenía ojos para un chico, el cual a su vez tampoco le daba bolilla, en definitiva ella sufría de lo mismo que yo.
Continuaron las excursiones, al lago Lacar donde hay fotos de todos trepados a un mirador, Isla Victoria empapados y congelados, Hotel Llao Llao, otra foto para postal y la cascada de los alerces.
Fuimos a bailar a "Cerebro", y allí descubrimos el lado oculto y macabro de un integrante del grupo.
Todos sabemos quien es, pero para proteger su integridad moral, ya que hoy debe ser un padre de familia o un empresario prominente, no rebelaré su nombre.
Un verdadero zarpado este amigo, debajo de esa supuesta piel de cordero, emergió un ser poseído por algún espíritu maligno, sin mediar motivo, razón o causa, mientras estábamos sentados en un rincón del lugar, comenzó su raid destructivo.
Empezó con un pequeño sillón rojo, y no se detuvo hasta deshacer todos los asientos del lugar.
Quedamos atónitos ante tamaño poder destructivo y sus ojos desencajados advertían que no era buena idea intentar frenarlo.
Sin embargo, en cuanto los encargados de la seguridad advirtieron esto, duramos allí dentro, lo que un gas dentro de una canasta.
Creo que batimos el record de permanencia en un boliche.
No estoy seguro, pero como volvimos temprano, nos juntamos todos en una de las habitaciones del hotel y allí nos agarramos una borrachera, que aún tenemos grabada.
Es más Mariela, aún me agradece y valora, mi gesto de limpiar el vómito que había dejado en el lavatorio.
Hay otro amigo que se adjudica tal actitud heroica, pero le daré un manto de piedad a la cuestión. También fuimos a otro boliche, que se llamaba Dominó, allí todo transcurrió con total normalidad, me parece que éste amigo no fue esa noche.
En el Casino la suerte me acompaño de una manera increíble, ya que gané el dinero que le costo a mis padres el viaje en una sola noche, a la vuelta los sorprendí, reponiendo peso sobre peso todo lo que ellos habían gastado.
Volvimos sabiendo todos que ese viaje, no fue uno más, afianzó una relación de grupo, que aún conservamos.




































jueves, 13 de noviembre de 2008

Vacaciones en la costa



Verano de 1973, con 8 años, conocer el mar no me quitaba el sueño, la idea de volver a hacer un viaje sí. Ahora a bordo de un Valiant III modelo 1963, los mismos integrantes de aquel viaje a Santo Tomé, emprendimos otra travesía. Esta vez el destino era Mar de Ajó, con el condimento extra, que ninguno de nosotros conocía el mar. Meses antes, mi papá había hecho un curso acelerado de costura a máquina, como buen autodidacta, desempolvo una máquina que tenía guardada en el galpón del fondo y empezó a practicar con retazos de tela, hasta lograr entender con bastante habilidad el complicado oficio de costurero. Fue así, que logro con dicha máquina plasmar su idea de, a muy bajo costo, tener nuestra propia carpa, ya que en esa época, acceder a una le hubiese costado casi todo el dinero que disponía para las vacaciones.

Salimos un sábado muy temprano, tomamos la ruta 4, camino de cintura, como se la conoce.
En esa época, era una ruta de 2 manos por lado y en infinitos tramos, sobre todo entre Burzaco y Florencio Varela, se transformaba en un intrincado corredor en construcción permanente, la ruta se cortaba, por ende había que desviarse permanentemente por calles internas, o bien cambiar de mano con el consiguiente peligro, ya sea por la mala señalización y/o inexistente iluminación.

Superado ese tramo, por demás estresante, unos kilómetros después nos encontrábamos con la rotonda de Alpargatas y un poco más adelante la arcada de piedra en la entrada al parque Pereyra Iraola.

Luego sobrevenía una ruta, la famosa 2, peligrosa vía de 1 mano por lado, con muchos tramos sin banquina y escasa señalización.
En esa época se la denominaba ruta de la "muerte", recuerdo que en varias oportunidades mi padre tuvo que pisar el freno bruscamente o tirarse a la banquina, por alguna maniobra imprudente de los conductores, tanto los que iban en nuestro mismo sentido, como los que venían de frente.
Siempre me pregunté, ¿porque familias enteras, incluyendo la nuestra, se arriesgaban a transitar en temporada alta por ese lugar?
Pasado los años considero, que como otras muchas cosas en este país, fue un fiel reflejo del atraso y la improvisación de este pueblo, y de la mano del latiguillo “dios es argentino”, el común de la gente, despreocupadamente, se lanzaba a la ruta, endosando siempre al prójimo, la obligación de ajustarse a las reglamentaciones, y sobre todo con esa gran soberbia, de pensar que a uno no le podía pasar y por ende ¿para que ser prudentes?.
La prueba de todo esto, era que las tragedias se sucedían e incrementaban año tras año.
Por suerte o gracia de Dios, llegamos al cruce de Dolores, sin inconvenientes serios, más allá de los mencionados.
Desde allí, se continuamos hacia el partido de la costa por la ruta 63, otro infierno de 2 manos, pero esta vez, para juntar más adrenalina, el camino era serpenteante por tramos, con curvas peraltadas e inexistentes banquinas.
Superado ese tramo también, llegamos a la ruta interbalnearia número 11, el tramo final, uno se relajaba, era como ir por la Avenida 9 de Julio un domingo, en comparación con el resto de lo transitado, desgraciadamente eran los últimos kilómetros, como para que el viajante se quedara con la esa sensación final, olvidando, por lo menos hasta emprender el regreso, las angustias sufridas en el resto del viaje.
Llegamos a Mar de Ajó, que era por aquel entonces, un grupo de casas que se alejaban muy pocas cuadras de la costa.
Entramos por la calle principal y 1 cuadra antes del mar, doblamos a la derecha, y luego de escasas 5 cuadras, la zona urbanizada se terminaba y daba paso a los campings.
Nos ubicamos en uno, de inmediato, mi hermano y yo, corrimos a ver el mar por primera vez, cruzamos el interminable médano y de repente nos encontramos con un espectáculo imponente, quedamos fascinados y atónicos ante lo que a nuestros ojos se desplegaba, un mar verde esmeralda, calmo y brillante.
Nos sacamos las zapatillas y la remera, el calor del mediodía se hacía sentir, y como en malón bajamos raudos y no paramos hasta la primera ola que menguó nuestra veloz carrera.
Un momento inolvidable y por demás emocionante.
Luego de estar un buen rato metidos en ese mar, y darnos cuenta que el agua era sal muera, que no servía ni para enjuagarse la boca, si la tragabas te daba arcadas, había que cuidarse de los pozos, de la corriente que te alejaba peligrosamente de la costa y también te desviaba del lugar de donde habías entrado al principio.
Todas sensaciones y vivencias inéditas para nosotros, ya que nadar en el mar era totalmente diferente a hacerlo en una pileta o en el río, ámbitos más familiares para nosotros.
Luego de un rato, empezamos a sentir el cansancio, el hambre y sobre todo la sed por tanta excitación y desgaste físico.
Entonces emprendimos la vuelta al camping, ya sin el entusiasmo ni las fuerzas, subimos penosamente esa montaña de arena hirviente.
Llegamos como pudimos, nos refrescamos, y contamos nuestra experiencia única al resto.
Acto seguido ayudamos a descargar el auto, mientras mi papá encendía el fuego para el asado.
Cuando llegó el momento de armar la carpa, mi padre le encargo a mi tío que siguiese con el asado, para el mismo ocuparse de darle forma a su creación, cual modisto que acompaña y viste a la modelo en un desfile.
Cuando terminó, sinceramente y con total inocencia, le preguntamos si se había olvidado una parte en casa, pero para nuestro asombro, el nos dijo que: nada faltaba y que así era la carpa terminada.
De inmediato, entendidos que teníamos criterios diferentes para denominar o ver las cosas.
Lo que para él, era una hermosa carpa de color beige, para nosotros no era más que un toldo, sin piso, con una abertura al frente y el auto cerrando la parte posterior.
Pensamos en ese momento,viendo el lado positivo, que era una suerte el haber estrenado la "carpa" en la playa, ya que si lloviera, no "chapotearíamos" en el barro.
Mi padre era así, un poco díscolo, con mucha imaginación y otro tanto de ansiedad.
Por eso creo, que él sinceramente veía en ese toldo hecho con sus manos, la carpa más hermosa y cómoda que existía.
El paso de las horas y sobre todo el lugar imponente donde nos encontrábamos, hizo todo esto pasara a ser una anécdota.
Lo que siguió fueron unos días de playa inolvidables, ver a mi hermana o a mis padres cocinar en una hornallita a garrafa, todo tipo de comidas, alumbrados por el "sol de noche" también a garrafa, dormir 4 sobre catres en la carpa y los otros 2 en el auto.
La gran mayoría de los vecinos de carpa tenían muy buena onda, como suele suceder en los campings, una de las caracteristicas que valoro, y resalto de este tipo de alojamientos masivos.
La cordialidad, educación, generosidad, solidaridad, se respira por lo general en esos lugares.
Por la noche, luego de una larga espera por una ducha caliente, y de la posterior cena, el numeroso grupo de chicos que formábamos esa gran familia del camping, se juntaba para seguir con los juegos.
Un par de horas más tarde, uno a uno iba abandonado, rendidos por el cansancio.
Otras noches, con mi hermano preparábamos el equipo de pesca e íbamos a probar suerte al muelle o bien simplemente tirábamos la línea desde la costa.
Papá nos había comprado, la caña y el riel a cada uno.
Mi hermano, unas semanas antes de las vacaciones, con mi escasa ayuda, se había dedicado a fabricar plomadas, fundiendo el plomo de cañerías viejas en un tarro y luego volcando el metal líquido en un molde hecho con arena.
Luego me enseñó a preparar con la tanza, las líneas, anudando con una gran técnica los anzuelos y la plomada.
Nuestra suerte en la pesca fue escasa, pero todo lo previo y el hecho de compartir esos momentos juntos, era lo realmente importante.
Fueron unas vacaciones inolvidables, no solamente por ser las primeras en el mar, si no también por las nuevas relaciones, tanto dentro como fuera del grupo familiar.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

De Ciudad Evita a Santo Tomé











En Febrero de 1972, hice el primer viaje largo de mi vida, junto a mis padres, mi Tío Rulo (hermano de papá) y mis hermanos Isa, Celi y Fede.
Partimos a la madrugada, a bordo del Rambler Ambassador 400, modelo 1963 de papá.
Tenía porta equipajes, y un baúl inmenso (en esa época no existía el GNC).
Cargado al límite, emprendimos la travesía, recuerdo que mi Papá manejaba, mi Mamá iba en el medio y del lado del acompañante estaba mi Tío.
En la parte de atrás mis hermanos, muchos bártulos y yo. Tomamos la Av. Gral. Paz, de 2 manos de cada lado en esa época con un boulevard en el medio, luego la ruta Panamericana mucho más angosta, sin peaje y descuidada por demás, hasta la localidad de Zárate.
Llegamos antes del mediodía, mi padre de inmediato se dirigió a comprar el boleto para la balsa que nos cruzaría a la Pcia. de Entre Ríos, la balsa salía a primera hora de la tarde, nos acomodamos a orillas del Paraná de las Palmas, almorzamos y luego fuimos a visitar unos primos que vivían en la zona.
Las Balsas eran Militares, con motores diesel, existieron para pasar el rió Paraná en Zárate (Bs. As) hacia Entre Ríos, eran dos, una por cada tramo, ya que son dos brazos del río que deben atravesarse. Años después se construyo el puente Zárate Brazo Largo, una obra faraónica, con 2 carriles por mano y un paso ferroviario. La primera balsa la tomamos en Zárate y pasamos el brazo del Rió Paraná de las Palmas, luego hicimos en el auto unos 30 Km. y nos encontramos con el brazo del Paraná Guazú y subimos a la segunda balsa hasta llegar a Brazo Largo E. R. entrada la tarde ya en Brazo Largo, todo era arena y polvo... no había asfalto.
Tomamos la Ruta 14, que si ahora se la denomina "la ruta de la muerte", ¿se imaginan entonces?, era un camino todo de ripio, con peligrosas subidas, bajadas e interminables zanjones de cada lado que alcanzaban los dos o tres metros de profundidad. En ese momento comprendí, para que mi padre había comprado antes de subir a la balsa, esas rejitas que cubrían tanto el parabrisas, como los faros delanteros.
Un infierno de horas y horas de ruido ensordecedor, miles de piedritas golpeando el piso del auto sin cesar, no se podía mantener conversación alguna y la tensión era permanente, verdadera prueba para los nervios.
De pronto, mi papá gritó cuidado!!! a continuación pierde el control del Rambler, fueron segundos que parecieron eternos, el auto derrapó cargado como estaba y terminó a centímetros del zanjón.
¿Que había sucedido?
Horas atrás, antes de salir, pasamos por una gomería para arreglar una pinchadura, aparentemente no le ajustaron bien la rueda trasera derecha, por lo que esta se salió en medio del camino, por fortuna, el auto, al estar tan cargado no permitió que el neumático se saliese del guardabarros, de lo contrario, hubiésemos corrido con otra suerte seguramente.
Bajamos del auto y empezamos a bajar el equipaje del baúl, ya que la rueda de auxilio se encontraba al fondo del mismo.
Teníamos que apurarnos, ya que si nos agarraba la noche en ese lugar se tornaría peligroso, estábamos en plena ruta, con el auto cruzado en la casi inexistente banquina. Fue así, bajo un calor agobiante, que la familia entera puso manos a la obra.
Retomamos el viaje, agotados, sin reservas de agua ni comida.
Una hora más tarde , de repente el auto empezó a colear y papá con todas sus fuerzas trató de dominarlo, pero el vehículo estaba totalmente fuera de control, siguió su veloz carrera hacia la mano contraría, sin que mi padre pudiese evitarlo, ya encomendados el Señor, el bólido "desbocado" freno su aterradora marcha a centímetros del sanjón, esta vez de la mano opuesta.
Se había roto un extremo de la dirección, por ese motivo el auto siguió sin control tantos metros.
Nuevamente allí, en el medio de la nada, pero esta vez mucho más complicados.
La rueda delantera estaba casi salida, con el auto cruzado en la banquina.
Mi papá, como pudo, con un alambre ató el extremo a la rueda, a simple vista el auto parecía bien parado, pero era muy peligroso volver a la ruta en ese estado.
Anochecía, el cansancio y el stress había minado el ánimo de todos.
En ese instante, como por arte de magia, vislumbramos en lo alto de la lomada una silueta de lo que parecía un verdadero ser mitológico, echando humo por sus fauces.
Se trataba de un viejo tractor, que tardo varios minutos en acercase.
De esa mole, bajó un simpático y pequeño hombrecito, con marcado acento entrerriano, que no dudó un instante en tendernos una mano.
Fue así que atamos la linga que traía consigo al paragolpe del maltrecho Rambler, y debajo de una súbita lluvia tropical, el tractor comenzó a remolcarnos.
La imagen de esa mole remolcándonos era la de un esquiador acuático con su lancha delante, el tractor aceleraba y el Rambler con nosotros 7 adentro, iba haciendo eslalon a través del barro.
Unas horas más tarde, ya de noche, agotados, vislumbramos a la distancia las luces de un pueblo. Chajarí, Entre Ríos, una ciudad colonia de inmigrantes en su mayoría alemanes, ubicada al noreste de la provincia a unos 15 kilómetros del río Uruguay, en ese lugar nacieron mi madre y mi hermana mayor. Los abuelos de mi madre se afincaron allí a principios del 1900, vivió con su familia y se casó con mi padre en 1949. En el ’50 nació mi hermana mayor, en el ’52 y ’54 nacieron mis otras dos hermanas en Concordia, Ciudad vecina, y a fines del ’55, se mudaron a Ciudad Evita.
Paramos en un taller y mientras mi Papá y mi Tío hablaban con el mecánico,
fuimos caminando hasta la plaza del centro, casualmente, en ese mismo lugar se conocieron mis padres.
En esa época se acostumbraba como en todas las plazas del país, llegada la tardecita, dar vueltas en grupos alrededor de la plaza, fue así que en una de esas vueltas, mi padre levanto del piso un pañuelo que se le había caído a mi mamá, se lo alcanzó, ella sonrió en señal de agradecimiento y desde entonces fueron inseparables.

Nos encomendaron a mi hermano y a mí, ir hasta la Comisaría que quedaba a pocos metros de donde estábamos, a pedir agua y permiso para pasar al baño.
Nos recibieron muy bien, pero cuando llego el momento de ir al baño, vivimos una experiencia que ninguno de los dos a olvidado hasta hoy. Nos indicaron donde quedaba, debíamos atravesar un angosto pasillo, oscuro y con el piso semi inundado, esto no fue lo peor, cuando estábamos por la mitad, levantamos la mirada y giramos nuestras cabezas hacia la derecha, ahí nos dimos cuenta, que de ese lado no había solo una pared, estaban los calabozos, de pronto escuchamos leves chistidos que provenían del interior de las celdas, oscuras y malolientes.
De más está decirles, que no llegamos hasta el final del pasillo, en medio de esa oscuridad, solo atinamos a volver por donde vinimos, esta vez pegados a la pared, si bien no eran más de 20 metros los que nos separaban de la entrada, fue una verdadera travesía, los chistidos se transformaron en voces que murmuraban “¿nene no me traes agua?”, otras decían “chicos tomen ¿van a comprar cigarrillos?”, al mismo tiempo de esa oscuridad aparecían brazos que se estiraban hasta casi tocarnos, si el pasillo hubiese sido uno centímetros más angosto lo hubiesen logrado.
Finalmente llegamos a la puerta exhaustos, y salimos a paso veloz de la comisaría, cual fugitivos, todo esto hizo olvidarnos por un buen rato de nuestra imperiosa necesidad de ir al baño.
Luego de regreso a la plaza, quedamos mudos y no contamos lo sucedido hasta tiempo después.
A la mañana siguiente, mientras esperábamos que arreglen el auto, recorrimos a pie el pueblo, conocimos por fuera la casa de mis abuelos, un caserón ubicado en una esquina, todo era tal cual como mi madre no lo había descrito muchas veces, con un local a la calle, donde en su época, mi abuelo tenía su negocio de fotografía, y la inmensa galería a un costado que conocíamos también por fotos, era muy temprano y mis padres no quisieron molestar a los nuevos moradores, es así que luego de pasar por el cementerio para visitar a mi abuelo, regresamos al taller a retirar el auto y luego a la ruta para continuar viaje.
Cerca del mediodía, paramos a la vera del arroyo Mocoretá, un lugar soñado. Un pequeño arroyo de agua transparente, que a pocos metros del cruce con la ruta, se perdía en la vegetación, ya que los arbustos formaban una especie de túnel. Jugamos en el agua con mis hermanos y luego con ellos y mi papá, nos adentramos unos cientos de metros, por ese túnel natural, de una belleza incomparable, y de una perfección propia de un ingeniero. El sol que caía en picada a esa hora, y el calor era abrasador, pero allí dentro no se percibía, es más se sentía un aire fresco correr. Al ver que se ponía cada vez más oscuro y al mismo tiempo percibir movimiento en el agua, mi padre sugirió que volviéramos, ya que notó que se trataba de víboras que abundan en el lugar. Nuevamente en camino, estábamos cerca de nuestro destino y unas horas más tarde llegamos finalmente a Santo Tomé, a casi 1.000 kilómetros de Ciudad Evita lugar de donde partimos el día anterior. Santo Tomé pequeño pueblo, ubicado a la vera del Río Uruguay, en la Provincia de Corrientes, a pocos kilómetros de Paso de los Libres. En este lugar vivían mi Abuela paterna, mi Tía María Mercedes y mi prima Ramona. Hacía años que no se veían mi padre y su hermano con ellas, tanto que para mis hermanos y para mí sería primera vez que estaríamos frente a frente con ellas. Entramos al pueblo y luego de recorrer sus calles de tierra, llegamos a la puerta de una casa pequeña, pintada de blanco, con ventanas al frente y la entrada por un costado. Golpeamos las manos y fue en ese momento, al ver salir a mi abuela, sentí que algo se completaba en mi vida. Luego de un momento de profunda emoción, de abrazos, lágrimas y besos, entramos a la casa. Mi abuela María (para variar con los nombres), era el retrato de una aborigen salida del Billiken, con arrugas muy marcadas como nunca había visto antes, la piel curtida por el sol, manos grandes, ojos cansados y una sonrisa que me resultaba familiar, ya que era idéntica a la de mi padre. Recuerdo que me quede varios minutos observándola, nunca había visto a mis 7 años a una persona zaino conocí a mis otros abuelos, fallecieron mucho antes de yo nacer. Así que, estar frente al tronco de mi familia, me resultaba inédito, fascinante, y había en mí muchas preguntas para hacerle. Estaba allí ante mí, por primera vez, el inicio de mi sangre y el final de muchas preguntas con respecto a mi abuela. Detrás de ese rostro duro, encontré una mujer de pocas palabras, que me contó anécdotas inéditas de mi padre, de como deambuló por diferentes lugares hasta llegar allí, lo sacrificado de su vida y como pudo lograr subsistir ella y sus hijos a base trabajo incansable y la ayuda del “padrino” de mi padre, sin embargo al llegar al tema de mi abuelo, tal cual lo venía haciendo mi padre evadió el comentario. De mi abuelo paterno deberé escribir otro capítulo, que seguramente será el más corto, ya que no tengo ninguna referencia de él, quizás se oculte algo complicado, o vergonzoso, no lo sé, lo que sí sé es que tanto mi abuela como mi padre se lo llevaron a la tumba. Queda mi tío para volver a interrogar, la última vez que lo hice, aunque era yo muy chico, no me dijo nada en concreto, pero me dio la sensación que el tampoco sabía a ciencia cierta del tema. Los “Aguirre” si por algo se caracterizan es por tener historias ocultas, de no preguntar, ni ponerse a pensar demasiado acerca de ellas. Quizás esto los mantiene, a pesar de todo lo vivido, medianamente cuerdos. Continuando el relato… Volviendo a la descripción de la casa, lo que más me llamó la atención era el fondo, con un pendiente pronunciada ni bien terminaba la construcción, allí se encontraban todo tipo de árboles y plantas exóticas, no sé si había otra casa detrás, ya que la espesura de la vegetación iba incrementándose a media que uno se adentraba. Pasamos unos días increíbles, lleno de caminatas por senderos y calles serpenteantes con subidas y bajadas, con el río Uruguay a pocas cuadras, bajando la barranca. Finalmente estaba allí en los lugares donde mi padre desde que tengo memoria, me llevaba con sus relatos, sobre su primer trabajo en la maderera, donde de muy joven esperaban él y sus compañeros que desde lo alto de la barranca cayeran los troncos de pino al río y una vez allí, con grandes cepillos, se encargaban de lavar dichos troncos en el agua. También fuimos a conocer en vivo otra de las “historias”, la de un tío de mi papá que criaba nutrias. Este tío de papá era un personaje tal cual nos lo describiera e imaginábamos, un hombre mayor, también con la piel curtida, le faltaba una pierna, un personaje salido no de Billiken como mi abuela, yo diría más bien de una historia de tesoros y piratas. Vivía en una especie de cabaña rodeada de piletones que se confundían con la vegetación selvática del lugar, allí dentro de esos piletones, estaban esos fabulosos y simpáticos animales. Para ser sinceros, tanto mis hermanos como yo, nunca creímos demasiado, hasta ese momento, de estas “historias”, pero toda nuestra incredulidad dio paso a la fascinación, al comprobar la veracidad de las mismas. Luego siguieron fiestas de bienvenida por todo el barrio, aparecieron amigos de la infancia mi padre y tío, por ende cada uno era agasajado cada noche en una casa diferente. También fuimos en lancha hasta la vecina ciudad de Uruguayana en Brasil.Un lugar diametralmente opuesto a Santo Tomé, lleno de gente y urbanizado, allí conocí a los brasileños, que para mi asombro, no eran todos negros afro como suponía, si no que, por el contrario, en ese lugar la mayoría eran descendientes de alemanes y holandeses. Luego de 20 días, emprendimos el regreso, del viaje de vuelta solo recuerdo, quizás por el cansancio acumulado, que paramos una mañana en una chacra, donde por primera vez tomamos leche de vaca recién ordeñada. De Ciudad Evita a Santo Tomé, 1.000 kilómetros de recuerdos imborrables.

martes, 11 de noviembre de 2008

Hermana



Mariela Perla, si a todas mis hermanas las escrache con su nombre completo, ¿porque mi hermana de la vida no iba a correr con la misma suerte?


A diferencia de las demás, ella no fue nunca mi madre y no tiene mi sangre.


Al igual que las demás, me brinda su amor y su corazón, sin importar el paso de los años.


Si en verdad que no existe la amistad entre el hombre y la mujer, deberemos ser la excepción que confirma la regla.
Con Mariela nos conocemos desde los 13 años, íbamos juntos al Comercial 23, no se como nació nuestra amistad, lo que si se, es que desde entonces seguimos manteniendo esta relación, a pesar de los largos distanciamientos y vidas que nos llevaron a mundos diferentes.

No es fácil mantener las relaciones en estas épocas, y de éste tipo casi imposible diría, por eso tengo la necesidad de resaltar la amistad que existe entre Mariela y yo.

¿Como explicar lo que significa ella para mí? Es la persona que puedo contarle el más incomodo de los secretos o el más vergonzoso, sin ningún prejuicio o temor.

Amistad, que paso a ser entrañable, y no muto con el paso del tiempo.

Lo nuestro se mantiene inalterable, ha corrido mucha agua bajo el puente, largos períodos de no vernos como dije, pero aún así la "cotidianeidad" es lo corriente, tengo amigos de la infancia, que veo de tanto en tanto, pero con esta mujer es diferente, es mi "hermana" no tengo otra palabra para explicarlo.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Los Tiburones


En quinto del secundario me uní a este equipo de fútbol, al cual fui llevado en carácter de invitado por  mis amigos de las infancia, los mellizos Daniel y Orlando Torrisi.
Fue como volver al barrio, ya que luego de 4 años de "destierro", volví a formar un grupo con gente de mi comunidad, era como un futbolista que vuelve del extranjero a jugar a su club de toda la vida.
Lo Tiburores, equipo conformado en 1982 por el 4to. año del Colegio Mariano Etchegaray de Ciudad Evita,  la misma institución en donde 5 años antes no había conseguido vacantes para mi primer año, lo que motivo mi partida a las lejanas tierras del Comercial 23 de Caballito.
Si bien los únicos que conocía eran a los Torrisi, fui recibido como uno más en el grupo, me adapte de inmediato al mismo.
La cita era los sábados por la mañana en la puerta del Colegio, desde allí partía el plantel de 11 jugadores, más un par de suplentes, hacia la cancha que se encontraba a 2 cuadras, en un terreno baldío pegado a Gendarmería.
Mi puesto era de delantero de punta, con la número 9, debuté ese mismo día por la lesión de Capolongo, que jugaba en la delantera.
Encaje justo en el andamiaje del equipo, estaba muy cómodo, mis nuevos compañeros me trataban como si hubiese jugado con ellos desde el principio.
Este equipo estaba formado hacía ya meses y sin embargo parecía uno más, hasta hice un gol ese día.
Terminado el partido, como ya era costumbre entre ellos, se juntaban en el mercado detrás del Colegio Etchegaray, hacían una “vaquita” e iban por bebidas para recuperar la hidratación.
Recuerdo ese primer día como si fuese hoy, estando ya todos sentados contra la pared, transpirados y agotados compartiendo la bebida, uno de los mellizos, Nano, sacó de su bolso un cuaderno rayado tipo "Asamblea", de color naranja, tapa blanda, que si bien estaba escrito por la mitad, el mismo casi no podía arrimar sus tapas.
Nano a posteriori, tomó una birome, lo abrió en la primera hoja en blanco y comenzó a escribir, relatando en voz alta lo que iba volcando en el cuaderno de tapa blanda, en lo que pensé era su "diario íntimo".
Para mi asombro, no era tal como lo pensaba, éste cuaderno hacía las veces de un diario deportivo "Olé" de la época.
Orlando, con el recuerdo fresco del partido, volcaba utilizando un lenguaje que nada tenía que envidiarle a Horacio Pagani o cualquier otro periodista deportivo famoso de la época, una detallada síntesis del partido que habíamos disputado hacía algunos minutos.
Una iniciativa genial, que hacía algo más que divertirnos con la forma y el modo de describir las jugadas, los motivaba, le daba importancia a pertenecer a este grupo y al compromiso que tomaban semana a semana.
Yo mismo en mi primera experiencia, me sentí reconocido, ya que mi desempeño en el campo de juego estaba plasmado en el papel, con puntuación y todo, había una crónico de ello.
Luego, una vez en su casa, el trabajo de Nano continuaba, recortando de revistas y suplementos deportivos fotos, que pegada en ese cuaderno en los espacios que había dejado en blanco, con una descripción de la jugada y cambiando los nombres de los personajes de la foto, por los de su equipo, Los Tiburones.
Era así que por ejemplo, una foto del mono Clausen, 4 de Independiente, trabando una pelota con un delantero de Racing, era reemplazado por el nombre de él mismo, Orlando Torrisi.  U otra del 8 de Boca Riquelme, por el nombre de Enrique Del Valle.
Así, el día lunes todos sus compañeros, esperaban ansiosos leer dicha crónica, debatir y criticar la misma. Era material de lectura de toda la división, los profesores y pasado el tiempo era también leído por otras divisiones.
Los que no pertenecían al grupo, al principio les parecía un disparate, pero pasado el tiempo se daban cuenta que era un trabajo que demandaba horas y que esta hecho con mucha calidad, amén que a uno le gustara el fútbol o no, o que no tuviese demasiada apariencia de una revista deportiva en su exterior.
Este ritual se cumplió desde el inicio del equipo hasta su disolución 2 años después.
Nuestra fama fue creciendo geométricamente, ya que los triunfos obtenidos ante todas las divisiones mayores del colegio, y este periódico nos hacían conocidos y respetados más allá del mismo.
Por consiguiente, no tardaron en llegar desafíos de varios colegios de la zona, que íbamos superando uno tras otro.
Yo luego de un año era conocido en el Etchegaray como uno más, cosa que me hizo sentir nuevamente en el barrio.
Fueron tiempos muy felices con este grupo, que me dejaron muchas anécdotas y enseñanzas.
Luego al terminar mis compañeros de equipo el 5to. año, el equipo finalmente se disolvió.
Una sola vez nos reunimos casi todos para jugar un campeonato de 8, si bien teníamos 20 o 21 años, estábamos totalmente fuera de estado, parecíamos más bien un grupo de glorias de esos que se juntan en un partido homenaje.
Empezamos medianamente bien, ganamos cómodos el primer partido del hexagonal, pero al segundo, ya exhaustos, fuimos superados claramente, tanto física como anímicamente.
Para a poco de terminar ese partido, no tuve mejor idea que salir en defensa  de un compañero, el negro Alfredo Soto, tras una serie de duras faltas que le venía cometiendo un defensor del equipo contrario, de casi dos metros de alto por metro y medio de ancho.
Siempre fui un tonto para las peleas y esta vez no salí de la media, este ropero humano cayó al piso tras cometerle una dura infracción a mi amigo, estando allí en el suelo no tuve mejor idea que darle un certero puntapié en el medio del huesito dulce, el cual obviamente ni cosquillas hizo al ogro, el tipo se paró frente a mí, y yo solo atiné a caminar hacia atrás, al darme vuelta para echarme a correr, de repente, sin mediar palabra, el arquero contrario me aplicó un cross de derecha, que me dejo grogui en el medio de la cancha, y al ver que mi vida corría serio riesgo, me hice el desmayado, de inmediato mis amigos me levantaron del suelo y me alejaron del lugar, recién abrí los ojos cuando me aseguré que estaba a una distancia prudencial de mis virtuales asesinos.
Volví a casa con un ojo morado, exhausto y con la sensación que todo tiene un final y que uno se da cuenta cuando esto ocurre.
Así fue la desdibujada despedida del equipo, que no empaña obviamente todo lo logrado y disfrutado juntos.
Los Tiburones, un grupo de secundaria que dejó huella en mi vida.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Hermano


Sinceramente me emociona pensar en él, que tipo bárbaro, no es porque sea mi hermano, pero ahora viendo todo con más panorama, a la distancia y pasados los sacudones, me doy cuenta que como él hay pocos.
Mi hermano Fredy o Fede, 5 años más grande que yo, que paciencia infinita, jamás lo vi enojado, jamás abatatado, desbordado, un tipo al que admiro entre otras cosas por eso.
Quizás porque yo soy todo lo contrario, siento que mis falencias son sus virtudes, que mis miedos sus fuerzas.
Por eso siempre me apegue a él, mi protector, mi ídolo, mi mejor amigo.
No se sinceramente, si todas las relaciones entre hermanos son así, lo que si se es que a medida que escribo, me convenzo cada vez más que estoy haciendo lo que muchos quisieran hacer y no se animan, por vergüenza, apatía, porque no lo sienten o falta de tiempo.
¿Cuanto hay que esperar para halagar a un ser querido, o decirle lo que uno siente por él?
Falta mucho, si Dios quiere para hacerle una placa, por eso me tomo unos minutos para decirle todo lo que agradezco el haber sido mi mejor amigo, y haberme tenido tanta paciencia y amor.
Él me conoce como nadie, sabe de mis flancos débiles y de mis virtudes, ¿saben que? jamás uso ese conocimiento para hacerme sufrir, ni de chicos ( que sería lo más normal del mundo) y menos de grandes.
Hemos estado alejados, sobre todo luego de la muerte de mi padre, pero él en ningún momento sacó a relucir esa supuesta ventaja en mi contra.
Me quiere, siempre voy a ser su "protegido", aunque no nos veamos, el siempre está.
Siempre fui su lastre digo yo, su sombra, el pollito debajo de su ala, por eso hablo de una paciencia y un amor que jamás podré retribuir.
Recuerdo los partidos al fútbol yo siendo el "aguatero" de su equipo, y a medida que los años pasaban metiendome de a poco a jugar con él.
Los interminables partidos en el fondo de casa, yo enojandome por cada gol que sufría y el siempre tratando de calmar mis berrinches, en su lugar otro se hubiese cansado, pero él no, seguía y no se daba por vencido, trataba de "domesticarme" una y otra vez.
También recuerdo las tarde en que jugabamos a los soldaditos en el fondo de casa, cortábamos ramas de ligustrina, y las pinchábamos en el pasto, para formar un "bosque" donde estaban los soldaditos verdes de plástico, con sus tanques y jeeps.
También siendo un poco más grandes, el ir a la cancha de 11 a practicar tiros al arco durante horas, o jugar un partido con sus amigos.
No tengo un solo recuerdo de él enchándome de algún lugar, o diciendo que lo deje tranquilo, o levantándome la mano o ni siquiera gritándome, y si borre algunas de estas cosas, quizás tenga que ver con que para mi el haber convivido con él, fue de lo mejor de mi infancia.

jueves, 6 de noviembre de 2008

De Hermanas y Madres



Antes de empezar es justo decir que mi madre es la Chela, la de la foto, ella me parió y cuidó dentro de su enfermedad, siempre fue buena, agradecida y amorosa conmigo, no tengo nada que reprocharle, ni menos para juzgar, ella hizo lo que pudo y más también.

Tengo 3 hermanas de sangre, ellas en su momento hicieron las veces de madre, son los pilares de mi vida, por eso voy a contar un poco de cada una.

María Rosa, me lleva 15 años, quizás de la que menos recuerdos tengo, pero sin duda es una de las más importantes.
Nos cuidó y crió de bebés, tanto a mi como a mi hermano, a ella la vida no le dio hijos, pienso que cumplió de muy chica esa función,y por obra del destino, casualidad o inconscientemente sintió ese aspecto de la vida cubierto con su experiencia con nosotros.
Al día de hoy, ella me trata como su hijo, me quiere, se preocupa y está pendiente de mí.

María Isabel, perfil bajo en cuanto a este tema, se de todas formas que seguramente ella cuidó de mi como María Rosa, pero su personalidad la llevo a no buscar "reconocimiento", siempre fue la "rebelde" aunque el tiempo demostró que injusto ponerle ese título.
Al yo crecer, y ocuparme del cuidado de mis padres, la que estuvo conmigo codo a codo fue ella y desde allí, fue conocer a una nueva persona, intimamos y nos hicimos fuertes, apoyandonos y trabajando en equipo, fue así que nació entre nosotros una relación de profunda amistad.

María Celina, Celi para todos nosotros, que difícil cuando pienso en las tres, es ponerlas en un podio.
Fue también mi madre, pero a diferencia de Mari e Isa, es de la que tengo el recuerdo intacto de todo lo que se ocupó de mí, me quiso y me apoyo.
Sin embargo, por el mismo motivo, es la que me produjo el dolor más grande y con la que más me costo superar el hecho de que se fuera de casa.
De todos modos, el amor que le tengo se compara al que se le tiene a una madre.

Como verán, más que hermanas tuve muchas madres, todas dieron lo mejor de sí para mí y mi hermano, por eso pienso que Dios me da demasiado, casi todos tienen una madre, yo tengo cuatro.

Nuevamente cito a Dios para agradecerle que me de más de lo que pido.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Adolescencia III


Promediando la adolescencia empecé a sentir lo dura o complicada que es la vida, si bien desde que nací mi familia y yo, vivimos la enfermedad de mi vieja, una epilepsia no muy bien tratada, por desconocimiento de los médicos de la época, por un mayor desconocimiento y negación de parte de mi padre, eso nos traía aparejado momentos de zozobra, pero como dije fueron momentos.
En esta nueva etapa, los momentos de paz fueron los esporádicos.
Mi hermana, mi segunda madre, la misma que me acompaño a anotarme en la secundaria, de la noche a la mañana se fue de casa, cuando despertamos ya no estaba.
Si es duro tener una madre ausente, creo que más duro aún tener que soportar el abandono, durante años ella fue mi madre y que desaparezca como por arte de magia, no fue fácil de sobrellevar.
De allí en más, todo se torno cuesta arriba, estar solos mi vieja y yo durante la mañana, implicaba que no podía distraerme o relajarme, ella en cualquier momento podría sufrir un ataque, aunque parezca exagerado, era así o por lo menos yo lo sentí de esa manera.
A modo de ejemplo, una vez cuando estando solos, sufrió una convulsión mientras lavaba los platos, yo me estaba levantando y fue cuando sentí el estruendo, llegué corriendo a la cocina, vi a mi madre convulsionando, boca abajo y un charco de sangre alrededor de su cabeza, sin pensar la di vuelta y de a poco fui sacándole los vidrios del vaso que se había destrozado en su frente.
Luego corrí hasta lo de una vecina enfermera, la que me había enseñado de chico a parar hemorragias y juntos la llevamos a una salita para hacerle una placa y realizarle las curaciones correspondientes.
Luego de unas horas, estaba repuesta y de buen ánimo, como siempre.
Fue algo singular el manejo por parte de mi viejo de la enfermedad de mi madre.
El siempre trato de resguardar, no se si decir las apariencias, por que no es la palabra, él quiso tener una familia normal a cualquier costo, intento creo hoy, dibujar que todo estaba bien, que eramos como cualquier otra familia, que no estábamos rengos.
El precio más caro de esta actitud de mi Papá, sin dudas lo pagaron mis hermanas, ya que en su niñez y adolescencia, tuvieron que cumplir el rol de madres, cada una en su momento lo hicieron.
Mi hermano y yo , fuimos los mimados y cuidados por ellas, sinceramente creo que hicieron un sacrificio que jamás podremos retribuirles.
De la mano de esta situación compleja, como para amortiguar el golpe, fueron mis vivencias entre los 16 hasta los 21, etapa del descubrimiento del amor y el sexo, conocí, aprendí y entendí mucho en esta etapa sobre las mujeres.
Mujeres, ¿que no se ha dicho, escrito o pensado sobre ellas?.
Que ser maravilloso, dulce, delicado, y a la vez misterioso, poderoso y temerario.
El hombre no le llega a los talones, cuando ellas vuelven, nosotros, los vivos, cancheros y ganadores, recién estamos pensando hacia donde ir.
¿Como un simple mortal, no va a perderse detrás de una caída de ojos, una sonrisa o el leve roce de una mano?.
Sí, dirán que las mujeres también se derriten por los hombres, la diferencia es que ellas lo hacen dentro de un recipiente, y cuando les place, se ponen en el freezer, para transformarse nuevamente en hielo.
¿Auto control?, ¿inteligencia?, ¿instinto de supervivencia?, ¿miedo? quizás la suma de todos esos factores transforman a la mujer en un ser que camina un paso delante del hombre.
Mi viejo amaba a las mujeres, de él aprendí a respetarlas, cuidarlas, escucharlas, y sobretodo a no subestimarlas, reconociéndolas como lo que son: superiores, aunque nosotros los hombres, garrote en mano, queramos imponernos, hasta humillarlas a veces.